Como bautista dando pasos tentativos hacia la Iglesia Católica, el primer dominó teológico en caer, para mí, fueron dos mil años de enseñanza consistente, acérrima e histórica de la Iglesia sobre la Eucaristía.
Acepté la enseñanza eucarística inmediatamente por el testimonio de las Escrituras y los Padres de la Iglesia. La interpretación histórica de Juan 6, a la que nunca antes había estado expuesto, ¡pareció dolorosamente obvia tan pronto como la escuché! Como afirmó el Papa León XIII en su encíclica “Sobre el estudio de la Sagrada Escritura”:
“Los Santos Padres, decimos, tienen autoridad suprema, siempre que todos interpreten de una misma manera cualquier texto de la Biblia, en lo que se refiere a la doctrina de la fe o la moral; porque su unanimidad demuestra claramente que tal interpretación ha llegado desde los Apóstoles como una cuestión de fe católica” (Providentissimus Deus, 38).
Además, el beato Cardenal John Henry Newman afirmó:
“Recibimos esas doctrinas que ellos así enseñan, no meramente porque ellos las enseñan, sino porque dan testimonio de que todos los cristianos en todas partes las sostenían entonces” (John Henry Newman sobre Antichrist in the Church Fathers, 45).
Muchos católicos y no católicos creen que la Iglesia Católica inventó la doctrina de la transubstanciación: el “cambio de sustancia”, en el que el pan y el vino conservan la apariencia de pan y vino, pero se transforman por el poder del Espíritu Santo en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Cristo en la consagración.
Pero la Presencia Real es enseñada por San Pablo:
“Porque todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga. De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor” (1 Corintios 11:26-27).
¿Cómo podría uno ser culpable de profanar el Cuerpo y la Sangre de Cristo si son meramente vino y trigo, incluso vino o trigo bendecido o por el que se ha rezado?
La Presencia Real fue enseñada por los doce apóstoles.
“Que nadie coma y beba de vuestra Eucaristía sino los bautizados en el nombre del Señor; a esto también es aplicable el dicho del Señor: ‘No deis a los perros lo que es sagrado’” (Enseñanza de los Doce Apóstoles, o Didaché, 9:5).
La Presencia Real fue defendida por los primeros cristianos.
Fue defendida por San Ignacio de Antioquía en el siglo I:
“Considerad cuán contrarios a la mente de Dios son los heterodoxos en lo que respecta a la gracia de Dios que nos ha llegado... Se abstienen de la Eucaristía y de la oración, porque no admiten que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, la carne que padeció por nuestros pecados y que el Padre, en Su gracia, resucitó de entre los muertos” (San Ignacio de Antioquía, Carta a los Esmirniotas, alrededor del 90 d.C.).
Fue defendida por San Justino Mártir en el siglo II:
“A este alimento lo llamamos Eucaristía, de la cual a nadie le está permitido participar sino a quien cree que las cosas que enseñamos son verdaderas, y ha recibido el lavamiento para el perdón de los pecados y para el nuevo nacimiento, y vive como Cristo nos lo transmitió. Porque no recibimos estas cosas como pan común o bebida común; sino que así como Jesucristo nuestro Salvador, habiéndose encarnado por la Palabra de Dios, tomó carne y sangre para nuestra salvación, así también se nos ha enseñado que el alimento consagrado por la Palabra de oración que procede de él, del cual nuestra carne y sangre se nutren por transformación, es la carne y la sangre de ese Jesús encarnado” (San Justino Mártir, Primera Apología, alrededor del 150 d.C.).
Fue defendida por San Clemente de Alejandría en el siglo III:
“Uno, el Vino Diluido, nutre en la fe, mientras que el otro, el Espíritu, nos lleva a la inmortalidad. La unión de ambos, sin embargo, –del bebedizo y de la Palabra–, se llama Eucaristía, un don digno de alabanza y excelente. Aquellos que participan de él con fe son santificados en cuerpo y alma. Por la voluntad del Padre, la mezcla divina, el hombre, se une místicamente al Espíritu y a la Palabra” (San Clemente de Alejandría, El Instructor de los Niños, alrededor del 202 d.C.).
Fue defendida por San Cirilo de Jerusalén en el siglo IV:
“Puesto que Él mismo ha declarado y dicho del Pan, (Este es Mi Cuerpo), ¿quién se atreverá a dudar más? Y puesto que Él ha afirmado y dicho, (Esta es Mi Sangre), ¿quién dudará jamás, diciendo que no es Su sangre?” (San Cirilo de Jerusalén, Catequesis, alrededor del 350 d.C.).
San Juan Crisóstomo también defendió la doctrina en el siglo IV:
“Deseo añadir algo que es evidentemente sobrecogedor, pero no os asombréis ni os turbéis. Este Sacrificio, no importa quién lo ofrezca, sea Pedro o Pablo, es siempre el mismo que Cristo dio a Sus discípulos y que ahora ofrecen los sacerdotes: La ofrenda de hoy no es en modo alguno inferior a la que ofreció Cristo, porque no son los hombres quienes santifican la ofrenda de hoy; es el mismo Cristo quien santificó la suya. Porque así como las palabras que Dios pronunció son las mismas que ahora pronuncia el sacerdote, así también la oblación es la misma” (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Segunda Epístola a Timoteo, alrededor del 397 d.C.).
San Ambrosio de Milán también la defendió en el siglo IV:
“Así, toda alma que recibe el pan que baja del cielo es casa de pan, pan de Cristo, siendo nutrida y teniendo su corazón fortalecido por el sustento del pan celestial que habita en ella” (San Ambrosio de Milán, Carta a Horontiano, alrededor del 387 d.C.).
San Jerónimo también estuvo entre los Padres de la Iglesia que la defendieron:
“Una vez que el tipo fue cumplido por la celebración de la Pascua y Él hubo comido la carne del cordero con Sus Apóstoles, toma el pan que fortalece el corazón del hombre, y pasa al verdadero Sacramento de la Pascua, para que así como Melquisedec, el sacerdote del Dios Altísimo, al prefigurarlo, hizo del pan y el vino una ofrenda, Él también se manifieste en la realidad de Su propio Cuerpo y Sangre” (San Jerónimo, Comentarios sobre el Evangelio de Mateo, 398 d.C.).
San Agustín de Hipona también estuvo entre ellos:
“Debéis saber lo que habéis recibido, lo que vais a recibir y lo que debéis recibir diariamente. Ese Pan que veis en el altar, habiendo sido santificado por la palabra de Dios, es el Cuerpo de Cristo. El cáliz, o mejor dicho, lo que hay en ese cáliz, habiendo sido santificado por la palabra de Dios, es la Sangre de Cristo” (San Agustín de Hipona, Sermones, alrededor del 400 d.C.).
Esta selección de citas, necesariamente breve y lamentablemente incompleta, de los escritos de los primeros cristianos demuestra que la Iglesia Católica no inventó la enseñanza eucarística; le fue transmitida por Jesús a través de los apóstoles como fundamento de la Nueva Alianza y Depósito de la Fe.
La Iglesia una, santa y apostólica todavía sostiene, enseña y guarda la Presencia Real.
“El modo de la presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es único. Eleva la Eucaristía por encima de todos los sacramentos como ‘la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos’. En el santísimo sacramento de la Eucaristía ‘el cuerpo y la sangre, junto con el alma y la divinidad, de nuestro Señor Jesucristo y, por lo tanto, Cristo todo entero, está verdadera, real y sustancialmente contenido’. ‘Esta presencia se llama “real” – con lo cual no se pretende excluir a los otros tipos de presencia como si no pudieran ser también “reales”, sino porque es presencia en el sentido más pleno: es decir, es una presencia sustancial por la que Cristo, Dios y hombre, se hace total y enteramente presente” (Catecismo de la Iglesia Católica 1374).
Jesús Responde a Mi Oración con Él Mismo
Como bautista, había orado desesperadamente a Jesús para estar más cerca de Él. “¡Seguramente hay alguna manera de que podamos estar más cerca!”, pensé. Lo decía literalmente. A través de estos escritos y muchos otros, llegué a saber que Jesús me estaba guiando a mi respuesta en la Eucaristía. La presencia eucarística de Jesús fue y sigue siendo, para mí, una sorpresa y un regalo.
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