Hace un par de años, dirigí un retiro de hombres fuera del estado. Fue un grupo genial. Ciento cincuenta hombres de todas las edades se reunieron en las montañas durante tres días de fe, oración y hermandad.
La última noche del retiro, animé a los hombres a ofrecer una oración de acción de gracias por una de las bendiciones en sus vidas. Comenzó en completo silencio –como era de esperar en un grupo de hombres–, pero una vez que se abrieron las compuertas, fui testigo de una creciente fuerza y coraje en cada respuesta ofrecida.
Un hombre eufórico dio gracias a Dios por un trabajo a tiempo parcial que acababa de conseguir (después de meses de estar desempleado).
Un alma penitente dio gracias a Dios por el don de su misericordia después de confesarse ese mismo día por primera vez en dos décadas.
Un hombre mayor expresó gratitud por el hecho de que aún podía caminar por sí mismo.
Un hombre, conteniendo las lágrimas, dio gracias a Dios por su esposa de cuarenta y seis años, que acababa de fallecer un mes antes.
Cada oración de gratitud al Señor me dejó perplejo. La humildad y la sinceridad en la sala eran palpables —un grato recordatorio de cuántas bendiciones a menudo damos por sentadas—. Justo cuando pensé que el momento no podía ser más profundo, una voz resonó desde el fondo de la sala.
“Quiero dar gracias a Dios por mi cáncer”.
La sala quedó en silencio. El hombre continuó entonces: “Lo digo sinceramente. Creo que todo lo que Dios nos da o permite es para nuestro bien... para hacernos más santos. Así que sí, doy gracias a Dios por mi cáncer y por todas las lecciones que estoy aprendiendo de él”.
Me quedé sin palabras. El hombre, Henry, que compartió esta bomba con nosotros, me había llamado la atención al principio del retiro. Siempre tenía una sonrisa en su rostro y una palabra amable para compartir. Henry no hizo nada para alertar a nadie sobre la batalla que evidentemente libraba en su interior.
¿Tenía yo suficiente fe para dar gracias a Dios no solo por las bendiciones en mi vida, sino también por las tormentas? ¿Era yo un hombre lo suficientemente fuerte como para alabar al Dios del universo por aquellas bendiciones que —en apariencia— no parecían ser bendiciones en absoluto? A menudo recuerdo aquella noche de oración en mi propio examen de conciencia diario. ¿Tengo una actitud de gratitud independientemente de la “estación” espiritual en la que me encuentre? ¿En qué momento me detengo y doy gracias a Dios por las bendiciones aparentemente olvidadas? ¿Cuándo fue la última vez que alabé y di gracias a Dios mientras me esforzaba en los desiertos espirituales de mi camino de fe?
Henry ya se ha ido al cielo, pero su ejemplo perdura. Normalmente se puede saber por el semblante de una persona si esa mañana se levantó contando sus bendiciones o maldiciendo sus problemas. Como cristianos, nuestras vidas deben facilitar que otros crean en Dios a través de nuestro testimonio, y confíen en su bondad y misericordia.
Acción de Gracias actúa como una “llamada de atención” bienvenida para muchos de nosotros, cuando pausamos nuestras ajetreadas agendas el tiempo suficiente para realmente expresar gratitud por aquellas personas y cosas que tan a menudo olvidamos reconocer. ¿Qué pasaría si este año, sin embargo, dejáramos que la gratitud realmente impregnara nuestra alma a un nivel más profundo?
¿Y si este año decidiéramos adoptar una actitud más agradecida en todos los ámbitos? ¿Y si nos propusiéramos, a diario, animar a alguien? ¿Y si escribiéramos una carta o llamáramos una vez a la semana a alguien a quien queremos, pero no se lo decimos con la suficiente frecuencia?
¿Y por qué detenernos ahí? El Creador utiliza toda la creación para señalarnos de nuevo hacia Él. Solo necesitamos ser más conscientes, dándonos cuenta de que la presencia de Dios para nosotros es el verdadero regalo. ¿Y si, en lugar de esperar a las vacaciones, simplemente comenzamos a vivir la vida al máximo, ahora mismo?
Pide pizza y cómela en la vajilla fina. Levántate muy temprano y recibe el amanecer con una taza de café y una oración de agradecimiento. Lleva a tu cónyuge a una cita sorpresa. Levántate del sofá y baila con tus hijos o nietos. Canta a todo pulmón en la ducha. Sal a caminar y acompaña al sol mientras se pone. Dale una propina más generosa al camarero o la camarera y elogia su servicio. Invita a un vecino a la Misa de Navidad contigo. No te limites a detenerte y oler las rosas hoy... ¡cómpralas!
Si estás leyendo esto, significa que Dios aún no ha terminado contigo. Hay almas que aún deben ser tocadas por Él a través de ti. El corazón agradecido es un corazón dispuesto a servir, a cambiar y a amar incluso en medio del sufrimiento personal. Adelante, arriesga. Henry estaría orgulloso de ti.
¡Feliz Día de Acción de Gracias!
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