El mensaje para este Segundo Domingo de Adviento es de esperanza. Las lecturas demuestran cómo tenemos buenas razones para esperar en Dios porque Él siempre cumple Sus promesas.
Cuando el pueblo del pacto de Dios escuchó que regresarían de su largo exilio, pareció un sueño (Sal. 126:1). Este regreso milagroso a la Tierra Santa (el lugar de promesa, descanso y paz) trajo alegría a Dios (Bar. 5:9) y a Su pueblo por igual (Sal. 126). La alegría es el primer fruto de experimentar el amor salvador de Dios en nuestras vidas y esta alegría nos sostiene a través de todos los altibajos de la vida. De hecho, Hebreos nos dice que esta alegría incluso sostuvo a Jesús en la Cruz (Heb 12:2). Raramente pensamos en la Pasión como un momento de alegría, pero lo fue para nuestro Señor porque Él sabía lo que lograría para cada uno de nosotros: nuestra salvación.
Esta alegría le dio a San Pablo la fuerza que necesitaba para formar muchas comunidades nuevas en Cristo. En la Segunda Lectura, aprendemos que la asociación de esos primeros discípulos le dio la confianza para proclamar que "el que comenzó la buena obra en ustedes, la perfeccionará" (Fil. 1:6). Él entendió (¡y espero que nosotros también!) que somos una obra en progreso. Esa conversión continua ocurre a medida que caminamos hacia nuestra patria celestial. Nosotros, como los exiliados de antaño, estamos en un viaje de alegría. Nuestra peregrinación de promesa no es a un trozo de tierra en el Medio Oriente, sino a una persona: Jesús. Él es el lugar supremo de promesa, descanso y paz que la Tierra Santa simbolizaba.
El camino no siempre es claro o fácil. Además de vivir en una sociedad consumida por el consumismo, existen obstáculos interiores más sutiles que pueden ralentizar nuestro camino hacia la paz. Cosas como el rencor, el egoísmo, la codicia, la envidia o la ausencia de compasión en nuestras interacciones diarias nos impiden avanzar hacia Jesús.
Preparando el Camino
En este desafío entra el personaje central del Evangelio de este domingo: Juan el Bautista. Su mensaje sirve como una aplanadora espiritual que crea un camino claro, suave, nivelado y sin obstáculos hacia nuestro Señor (Lucas 3:5). Entramos en su Camino a la Santidad (Isa. 35:8) prestando atención a su simple llamado al arrepentimiento. Su ministerio es una invitación a reconocer nuestros obstáculos espirituales particulares, apartarnos de ellos y avanzar con renovada alegría hacia el Belén espiritual que nos espera. Este examen honesto y la eliminación de lo que nos ha estado retrasando o desviando de la plena libertad que Cristo quiere que cada uno de nosotros experimente es indispensable.
A través de este proceso de eliminación de los obstáculos espirituales que nos impiden llegar a Cristo, nunca debemos perder nuestra alegría, ya que compartimos la confianza del antiguo Apóstol: "el que comenzó la buena obra en ustedes, la perfeccionará" (Fil 1:6).
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